En el camino esperaba
encontrar a un acusador, encontró al Salvador.
Mientras la mujer caminaba
hacia lo que sería el lugar que la apedrearían, esperaba encontrarse con un
acusador, con alguien similar a las personas que la llevaban, e incluso peor
que ellas.
Pero encontró a Alguien
diferente, Alguien que no había venido a condenar (Jn 3:17), Alguien que se
compadecía de la gente (Lc 7:13), al que le insistieron para que diera su
veredicto (juicio que sólo le corresponde a DIOS y ÉL era DIOS), y mientras
ella estaba esperando las palabras dichas por los labios del que tiene poder
(Mr 4:39), se rompió el silencio de sus labios y escuchó hablar al Salvador.
Es una verdad que DIOS a
causa del pecado del hombre está enemistado, pero DIOS que es rico en
misericordia (Ef 2:4) nos ha reconciliado con ÉL a través de la obra de la Cruz (Col 1:20-22). Así también Adán después
de pecar pudo permanecer desnudo, pero Dios por amor a él les hizo pieles y los
cubrió. Digamos como Andrés, “Hemos hallado al Cristo”(Jn 1:41), aunque ÉL ya
nos esperaba desde antes a su encuentro.
En el camino de su
soledad, encontró la mejor Compañía
Aquella mujer esperaba
recibir la condena y sufrir las consecuencias de su maldad sola, porque aunque
para el adulterio se necesitan de 2 personas, curiosamente solo la llevaban a
ella; además ¿quién desearía acompañar a una pecadora en su caminar?, ¿quién
desearía hacerle compañía a una adúltera?, ¿quién cruzaría palabra alguna con
una mujer merecedora de muerte?, no había nadie que la pudiera ayudar, nadie
que la pudiera librar, no había nadie que la quisiera defender; sólo ÉL Buen
Pastor podía hacerlo.
Cristo no dirige palabra a
la mujer hasta que se encuentran solos; San Agustín dice “Quedaron solos una gran
miseria y una gran misericordia”. Cristo nos redimió de la maldición de la ley
(Ga 3:13), salio a nuestro encuentro, y nos presentó la más dulce compañía, Su
Persona.
Estábamos solos (eso es lo
que hace el pecado) pero cuando le conocimos y le vimos como el Salvador
entonces extendió su promesa de la compañía (Mt 28:20), la promesa de que
caminará con nosotros (Sal 23:4), de que en ÉL hay la seguridad que nunca
tuvimos (Jn 10:27,28).
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