Hace algunos domingos,
tuve la oportunidad de asistir a un programa navideño con el título “Promesas
cumplidas”, las cuáles eran oraciones respondidas y cada uno de los asistentes;
veíamos la fidelidad de Dios y la manera tan especial y diferente de tratar con
cada uno de ellos.
Esto me llevó a pensar en
algunos peligros que al paso del tiempo no nos damos cuenta pero le dimos un
mal uso, no seguimos siendo agradecidos como en el momento en que la recibimos;
y me llevó a pensar en el ejemplo de Abraham y de Ana.
Abraham y su esposa Sara
esperaban tener un hijo, y Dios les prometió que tendrían uno. Isaac era la
promesa cumplida de parte de Dios a Abraham y a Sara (Gen 21:1-7). Así también
sucedía con Ana, la esposa de Elcana, la cuál pidió a Dios un hijo (1 Sam 1).
Samuel era la promesa cumplida de parte de Dios para Ana.
Estos hombres y mujeres de
oración nos enseñan el trato que le debemos de dar a las promesas cumplidas de
parte de Dios.
Génesis 22 relata el
momento cuando Dios le ordena a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. Ana
igualmente que Abraham llegaría un momento en el cuál tendría que entregar a su
hijo, por el voto que había hecho. Ambos tenían que entregar a Dios su promesa
cumplida, a lo que más amaban, en donde habían visto tantas promesas de Dios
cumplidas, Dios se las pedía. Ellos nos enseñan que...:
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